19 de julio de 2016

Un misterio en Limoncarro y la leyenda de Chocofán


Recuerdo cuando era niño y vivía en Pacasmayo con mis abuelos, todas las noches la rutina era salir a jugar con los amigos o pasear en bicicleta por el malecón, eso siempre y cuando hubiese electricidad porque también era una época de constantes apagones. Sin embargo, las noches de apagón eran especiales pues mi abuelo solía contarnos un sin fin de experiencias y anécdotas que había vivido durante su adolescencia y juventud, y ya imaginarán que las historias favoritas eran siempre las de terror.

Hoy les voy a contar un par de esas historias pues tienen que ver con dos lugares por los que pase una mañana que regresaba de Chiclayo a Trujillo. Les comento que estos lugares quizá no tengan relevancia turística, pero están allí, junto a la carretera, y si en algún momento pasan por allí ya saben que existen y tienen historia y que pueden para un rato a estirar las piernas y contemplar el paisaje solo por el placer de contemplarlo.

Limoncarro

Cuando era niño Limoncarro era para mí un lugar de nombre gracioso del cuál mi abuelo solía contar muchas historias. De adolescente llegué a pensar que era un pueblo que se había inventado para ambientar esos relatos, su propio Macondo. Ese día mientras pasaba por Chepén empecé a pensar en ello porque en los relatos de mi abuelo Chepén era mencionado tantas veces como Limoncarro. Entonces paré al costado de la carretera busqué en los mapas de Google y sí, existía, allí cerca estaba, a unos 8 kms de donde inicia la carretera a Cajamarca y como ya se imaginarán me fui a conocer Limoncarro. 

Pero antes de contarles la historia de mi abuelo les compartiré un poco de información que encontré sobre Limoncarro. Resulta que esta hacienda se fundó en los primeros años del siglo XX y en un inicio la administraban unos chinos de apellido Fang-Long, luego pasó a manos de los alemanes Gildemeister y en los años 50 llegó a ser la primera productora de arroz del Perú y la tercera de Sudamérica. Razón tenía mi abuelo cuando contaba que el tren salía de la estación de Limoncarro y llegaba hasta el muelle de Pacasmayo trayendo arroz para embarcar; si tenía su propia estación de tren, de seguro fue una gran hacienda. Ahora sí vayamos al relato, espero hacerlo tan bien como lo hacía mi abuelo.

La casa hacienda de Limoncarro está sobre una loma de donde se puede divisar el valle y los arrozales.


Era de noche, ya todos habíamos cenado y estábamos afuera de la casa hacienda conversando y contando historias mientras bajaba la comida para luego ir a dormir. De repente uno de los perros levantó la cabeza, paró las orejas y miró hacia el este, hacia el cerro por donde subía la luna llena. Teníamos varios perros, eran chuscos, pero grandes y fuertes; perros de chacra que cuidaban los cultivos de arroz y no le tenían miedo a nada. 

De pronto este perro se levantó, empezó a ladrar y salió corriendo, era el más grande y fuerte, el jefe de todos los canes pues los demás lo siguieron corriendo y ladrando como era su costumbre cada vez que tenían que espantar a algún intruso, una escena cotidiana por las noches. Seguimos el rastro de los perros hasta que no pudimos escuchar más sus ladridos, todo quedó en silencio hasta que volvimos a escucharlos; pero esta vez no ladraban enfurecidos; sino que venían aullando despavoridos, llenos de miedo a refugiarse junto a nosotros que nos mirávamos desconcertados.

Todos nos preguntamos qué habría pasado, por qué regresaron así. Los perros se acostaron junto a nosotros y todo regresó a la calma. Al cabo de un rato la escena se repitió, el perro jefe sale corriendo y ladrando, los demás lo siguen para regresar aullando de miedo, y así igual por una tercera vez. Ya iba a ser la hora de ir a dormir, en el campo se duerme temprano; pero lo que estaba pasando nos tenía inquietos. A la cuarta vez que los perros repitieron la persecución subimos a los caballos y fuimos tras ellos atravesando los arrozales cuando de un momento a otro los caballos se detuvieron, no quisieron seguir más a los perros. Levantamos la mirada y vimos un grupo de gente montados sobre animales, parecían beduinos. No los distinguimos bien pues estaban contra la luz de la luna y sólo se apreciaban las siluetas; pero sí pudimos ver que salían de en medio del cerro para desaparecer en la nada por el arenal. Los perros ladrando trataron de acercarse a ellos y cuando estuvieron muy cerca emprendieron el retorno asustados y aullando . Todos los demás hicimos lo mismo.

Este es el paisaje desde la casa hacienda. Quizá esos sean los cerros hacia donde corrían los perros.

Antiguos silos donde se almacenaba el arroz.

Estuve como dos horas dando vueltas en Limoncarro, luego regresé a la Panamericana para seguir hacia Trujillo. Cruzando el río Jequetepeque hay un pueblo que todos llaman San José y yo también lo conozco con ese nombre; pero según Google maps se llama San Martín; en fin, resulta que allí había una larga cola de vehículos detenidos por indicación de la policía pues había un accidente más adelante. Estaba nublado, pero hacía calor y me estaba aburriendo de estar allí parado, entonces salí de la cola y me metí al pueblo pensando que quizá por las callecitas pueda adelantar y continuar mi camino. Pasé por la plaza y vi un letrero que decía Bosque Cañoncillo 10 kms; seguí hacia donde apuntaba el letrero, 10 kms no era mucho y el camino estaba asfaltado. Quizá no estaba preparado para entrar y conocer esta área de conservación compuesta por dunas, un oasis y un bosque de algarrobos; pero por lo menos podría mirarlo de cerca.

Por ese desvío llegué a un pueblo que se llama San José y pensé que era extraño pues no se suponía que el que está en la Panamericana se llama así. Parece que éste era el verdadero San José y Google maps tiene razón al llamar San Martín al que está en la carretera. Atravesé el pueblo con la esperanza de llegar al Cañoncillo; pero el camino al final del pueblo era trocha, no tenía ánimos de recorrer trochas y di media vuelta; sin embargo, para no sentir que me iba sin mirar nada paré en una placita que también es un mirador y estuve allí contemplando un rato los arrozales que siempre los había visto verdes o amarillos, pero nunca en un matiz de ambas tonalidades.

Desde un mirador en San José.

Chocofán

Ahora sí, ya era hora de ir directo a Trujillo, nuevamente atravesé al verdadero San José y pasando el cementerio encontré un desvío que decía San Pedro. Rápidamente calculé que si tomaba esa ruta me ahorraría algunos minutos, pues ya no tendría que regresar al otro San José (el de la carretera), pasar por Pacasmayo y luego San Pedro.

Tomé el desvío, una pista asfaltada, angosta y sinuosa que va cortando los arrozales. Pasé raudamente por un pequeño pueblo que se llama Mazanca y luego otro igual de pequeño. Estaba pasándome de largo este segundo poblado cuando de casualidad miré el retrovisor y en un muro casi despintado pude ver el nombre del pueblo. Frene en seco. No lo podía creer, otro de los pueblos con nombre gracioso de los que hablaba mi abuelo. Sí existía, no era inventado y sin quererlo estaba justo allí. Estaba en Chocofán.


El letrero que me hizo detener.

Chocofán es un nombre curioso, y así también es curiosa la historia o leyenda que, según nos contaba mi abuelo, da origen a su nombre. Aunque ahora después de haber leído sobre Limoncarro quizá la leyenda tenga algo de verdad, pues como mencionaba arriba, en sus inicios la hacienda era administrada por unos chinitos apellidados Fang. Aquí la hisoria.

Era una época en que las personas trasladaban su carga en carretas jaladas por burros. En ese tiempo había un comerciante, un chinito muy trabajador que hacía la ruta entre Limoncarro y Pacasmayo. Para estos tiempos que nos trasladamos en carros es un trayecto que dura minutos, pero en ese entonces tomaba unas cuantas horas ir montado sobre las carretas a paso de burro.

En uno de sus tantos viajes este chinito, con el arrullador calor de la tarde, se quedó dormido sentado sobre la carreta mientras el burro continuaba por el camino. De repente un fuerte golpe despierta al chinito que se vio tirado en el suelo junto a un árbol. Se levantó y para no olvidar su desdicha y para que otros viandantes tengan cuidado escribió sobre el tronco del árbol: Aquí chocó Fan.

Pasaron algunos años y algunas personas empezaron a vivir por los alrededores y al encontrar la inscripción en el árbol empezaron a llamar al lugar Chocofán, pues como se apreciaba en la desgastada inscripción del árbol: Aquí chocofan.

Iglesia de Chocofán, parece que es sólo fachada, pero no.

Plaza y municipalidad de Chocofán.

A una calle de la iglesia principal otra pequeña.

Así es como recuerdo la historia, si algún morador de Chocofán la conoce con más detalles espero que nos la pueda compartir en los comentarios.

Y de esta manera fue como sin haberlo planeado conocí dos lugares de los que crecí escuchando historias y que por lo curioso de sus nombres no creí que esos fueran sus nombres reales; mejor dicho, creía que eran lugares existentes a los que mi abuelo cambiaba el nombre para hacer más amenos los relatos. Por otro lado, busqué información sobre ambos, lamentablemente de Chocofán no encontré nada y lo que encontré sobre Limoncarro está en los siguientes links por si quieren conocer algo más.

https://es.wikipedia.org/wiki/Limoncarro
http://limoncarroperu.blogspot.pe/p/historia.html

Y como les comentaba, no son lugares turísticos, pero si les da curiosidad allí están, pueden parar, estirar las piernas y contemplar el paisaje, además que tomar el desvío de San Pedro por Chocofán y San José puede ser una buena alternativa si van a Chiclayo y no quieren sufrir el tráfico que últimamente hay entre San Pedro, Pacasmayo y el otro San José (el de la carretera).


Aquí pueden ver más fotos

Aquí les dejo el mapa:

Leer más »
8 de enero de 2016

Un rincón de Chorrillos para dejar el tiempo pasar


Las ciudades siempre nos abruman con tanto asfalto, cemento y modernidad. Todos van apurados  de un lado a otro, concentrados en sus propios pensamiento o en las pantallas de sus teléfonos, cada vez es más difícil interactuar así de la nada con otras personas o con la misma ciudad. A pesar de todo eso siempre hay lugares escondidos, pequeños rincones donde el tiempo parece que se detuvo y la gente va más lento y la naturaleza todavía no se deja conquistar por el concreto.

Sin querer me tope con un lugar así. Terminaba noviembre y los rayos de sol ya se dejaban ver en el cielo limeño. Aprovechando el calorcito fuimos a la playa, a Agua Dulce, en Chorrillos, y estuvimos un rato allí jugando en la arena. Cuando nos aburrimos de la playa fuimos a caminar por el malecón y llegamos hasta el terminal pesquero. Nunca antes había estado allí y fue como cruzar a una dimensión paralela.

Lo primero que vimos fue el movimiento natural por la venta del pescado. Vendedoras que te llamaba de todos lados, muy cordiales, para que puedas ver la variedad de pescados que ofrecían. Amistosos jaladores que nos trataban de convencer para que fuéramos a comer algún plato con pescado fresco a los restaurantes. Las gaviotas y los pelícanos también se veían amistosos, no se asustaban con las personas y vigilaban atentos si un poco de pescado caía al suelo para comer. 

Luego de cruzar el alboroto y bullicio de los puestos de pescado pude contemplar los botes de pesca que flotaban silenciosos e impertubables en el mar, por unos instantes olvidé que estaba en la ciudad, mucho menos pensé en el club que teníamos al costado. Yo me sentía en cualquier recóndito y solitario puerto, menos en Lima. Pero claro, esa sensación no duraría demasiado, levanté la mirada, enfoqué hacía el fondo y allí estaba otra vez la gran ciudad.


Aquí adelante el tiempo pasa lento. Allá atrás, a nadie le alcanza el tiempo.

Ese día no había llevado la cámara y no pude captar todos esos contrastes: el bullicioso mercado al costado del "exclusivo" club, y el puerto artesanal frente a una ciudad con grandes y modernas construcciones. Por eso, lo primero que hice al llegar a la casa fue meter mi cámara en la maletera de la moto. El plan sería escaparme un rato del trabajo a la hora de almuerzo e ir hasta Chorrillos a ver si lograba capturar ese paisaje tan de pueblo dentro de la ciudad.

A pesar del sol que gozamos ese fin de semana, el clima no estuvo de mi lado los días que siguieron. Hasta que al fin el miércoles se veía favorable, aunque por la oficina el cielo estaba nublado a lo lejos Chorrillos se veía despejado y soleado. Corriendo fui al estacionamiento, monte en la moto y rápidamente conduje hacia el terminal. Sólo disponía de la hora de almuerzo y tenía que regresar a tiempo pues ese día nos daban nuestro bono por navidad.

Cuando llegué el calor era infernal, más aún porque estaba con casaca así que de inmediato guardé las llaves de la moto en el bolsillo de la casaca (costumbre que se me hizo necesaria pues en dos ocasiones ya había dejado las llaves puestas en la moto, felizmente con un tranquilizador desenlace), abrí la maletera de la moto, saqué la cámara, me quité la casaca y la puse en la maletara, y muy contento fui hacia los puestos de pescados.

Al parecer había llegado muy tarde, no había gente y no había pescados, así que del terminal no nada pintoresco para capturar en foto. Felizmente los botes y pelícanos no me defraudaron y me ofrecieron ese contraste de paisajes citadino-artesanal del que ya les había hablado y esas son las pocas fotos que ahora les ofrezco. Terminé con las capturas y regresé rápidamente a donde había dejado la moto pues tenía que regresar al trabajo, misión que se me hizo casi imposible pues si leyeron bien el párrafo anterior ya habrán notado el error que cometí y ya estarán imaginando lo que me sucedió. Hasta en las cortas salidas en ciudad siempre me pasa algo anecdótico para contar.

Al inicio desconfiado, luego posó muy natural para la foto que encabeza esta historia.

Y después llamo a sus colegas, todos posando para la foto.

Pequeños botes de pesca artesanal bajo la gran ciudad.

Y bueno, llegué a la moto, busqué la llave para abrir el maletero y caí en cuenta que había guardado la llave en la casaca y ésta a su vez en el maletero. Se me heló el cuerpo ¿y ahora? tenía que regresar pronto al trabajo y San Isidro no está tan cerca que digamos. Felizmente con el apuro no había colocado bien la casaca y un pedazo de manga salia por debajo del asiento y haciendo más uso de la maña que de la fuerza pude sacar la casaca y la llave. Nuevamente monte la moto, esta vez para salir de ese rincón de ciudad donde el tiempo transcurre lento y sin prisas para correr hacía la zona de altos edificios donde esperar la luz roja del semáforo parece una eternidad.


Todas las fotos en el álbum de Facebook.




Por: Jorge David Cachay Salcedo
Leer más »
29 de octubre de 2015

Quinua, pueblo de artesanos


Salí muy temprano del hotel. Mi vuelo de regreso a Lima era por la tarde y tenía que aprovechar la mañana para conocer algo más de Ayacucho. La ciudad ya la había ido recorriendo; un rinconcito a la vez cada tarde aquella semana que estuve por allá. Esa mañana tocaba ir más lejos.

Tome un taxi al terminal para Quinua, no por la distancia, más bien por el tiempo. Quería conocer esa pampa donde se había librado la última y definitiva batalla para la independencia del Perú y a ver si recordaba algo de lo que enseñan en el colegio. 

En el terminal la combi no demoró mucho en llenarse, y tampoco tardó mucho en llegar a Quinua. Durante los 40 minutos de viaje iba pensando en esas clases de historia del tercer grado y lo único que recordaba es a mí, jugando con unos soldaditos de plástico que me habían regalado. No los clásicos soldaditos verdes, sino unos que parecían Húsares de Junín. Dos bolsas repletas de ellos. Azules para los peruanos y rojos para los realistas. Recuerdo que en esos días recreaba al pie de la letra la batalla, tal como la profesora nos había enseñado.

Bajé y pregunté cómo llegar a la pampa; pero lo que hice en la pampa les contaré en el siguiente relato. Hoy les mostraré un poco a Quinua, ese pueblo que no sabía que existía hasta que regresé de la pampa.

Esta calle es una de las primeras que vi al regresar de la pampa.

Después de recorrer la pampa y sus alrededores regresé por el mismo camino por el que había subido, al menos eso pensaba hasta que me di cuenta que nada de lo que veía era igual a como cuando subí. Hasta ese momento la única idea que tenía de Quinua era la pampa y el terminal que acababa de conocer. Pero a medida que caminaba iba encontrando un pueblo silencioso, limpio, de casas pintadas de blanco, calles empedradas y pequeñas iglesias en los tejados.

En la calle por donde entraba al pueblo están las tiendas de artesanía. Ingresé a cada una para ver que podía de comprar. Mucha variedad, para todos los gustos; pero lo que más abunda son los toros y las iglesias, ambos desde los más pequeños y primorosos que se ven minúsculos en la palma de la mano hasta los enormes que solo podrían ser cargadas entre dos personas.

No solo hay iglesias en los tejados.

El detalle de estas decoraciones es notable.

Estaba cansado y de hambre por la caminata en la pampa; pero en el pueblo me olvidé de todo. La atmósfera del pueblo era relajante e invitaba a caminar y perderse contemplando lo que había al rededor: las tiendas, las calles vacías, las casas, los tejados con plantas e iglesias, las flores.




Parecen pequeñas plantas de quinua creciendo en el tejado.

A esta balerina se le quemó el vestido.

Y así, caminando entre casitas blancas y calles empedradas, llegué a la plaza que sin necesidad de palabras te invita a descansar y dejar pasar el tiempo. Eso fue exactamente lo que hice, sentarme en una de sus bancas y dejar que el tiempo transcurriera calmado y sin prisas. Pero la felicidad no podía durar todo el día, tenía que regresar a Ayacucho.

De la iglesia sale una calle escalonada con árboles y flores, por ahí se llega al terminal si es que empiezas a conocer el pueblo de atrás hacia adelante como me tocó a mí. Pero si al bajar de la combi primero vas a la plaza nada mejor que esta calle para que Quinua te de la bienvenida.







Mientras almorzaba.


Frente al terminal está el mercado, allí me encontré con los chicos que había conocido en la pampa. Ellos también estaban cansados y de hambre así que aprovechamos en comer algo en el mercado antes de regresar a la ciudad.




Leer más »
15 de septiembre de 2015

Puquio, jardín de flores


El primer recuerdo que tengo de Puquio es el una noche muy fría en la que caminaba por sus calles solitarias buscando donde alojarme. Había llegado en un minibus, cansado y medio moribundo porque esa ruta siempre me causa estragos.

Todo empezó cuando llegue a Nasca y pregunté por los carros que van a Puquio, en ese momento no tenía idea que el pueblo está en la carretera que va a Cusco, de haberlo sabido no hubiera comido tanto antes del viaje. Esa tarde el lomito saltado que almorcé se quedó en Pampa Galeras.

Y es que esa carretera que sube al santuario de las vicuñas es de respeto, curvas y contra curvas por un camino que asciende, si no me equivoco, de 0 a 4,000 msnm en poco más de una hora y cruzando un paisaje que parece sacado de otro mundo.

Durante el ascenso el camino parece sacado de otro planeta.

Ya casi en lo más alto de la ruta algo de vida.

Pero eso fue la primera vez. Cuando regrese tuve la oportunidad de guardar mejores memorias de este pueblo. La segunda vez iría preparado y el frío y la altura no me tomarían desprevenidos. En ambas ocasiones fui por trabajo, así que solo pude conocer lo básico: la plaza, la iglesia, callecitas que suben y bajan; además con el frío que hace no dan muchas ganas de salir.

Iglesia y plaza al amanecer. Había que retar al frío.

Plaza.

El trabajo consistía en capacitar al personal del hospital en el uso de un nuevo software. La capacitación venía con almuerzo incluido y fue allí dónde conocí lo que más me gustó de este lugar. Saliendo del hospital subimos a un mototaxi que jamás creí que lograría coronar la empinada calle con tres pasajeros dentro. Rápidamente cruzamos el pueblo hasta las afueras y entramos a una calle de tierra que mas bien era barro por la torrencial lluvia que había caído en la mañana.

El lugar era una extensa pared de adobes con una pequeña puerta de metal pintada de crema. Al ingresar se me fue el hambre, había quedado impresionado con la gran cantidad y variedad de flores. En ese momento me arrepentí de no haber llevado mi cámara, y tuve que pedir una prestada. Pero antes teníamos que almorzar, así que entramos al comedor a degustar pachamanca. La verdad no me llevo bien con la pachamanca, no me gusta. Pero aquí me comí dos platos, sólo porque tenía sabor a cabrito a la norteña.

Pura carne.

Con su rico choclo.

Al terminar los dos platos de pachamanca, que gracias a ser el expositor me ofrecieron solo carne, nada de hueso; nada mejor como bajar lo comido caminando por el vivero y tomando fotos a las flores y disfrutando sus fragancias.









Que pena que no recuerde cómo llegar al lugar, pero si están en Puquio y les gustan las flores pueden preguntar por el vivero y seguro que les dan razón.





Leer más »
b1
b2